La semana pasada os comentaba los hermosos momentos que vivimos al lado de los niños de nuestra Fundación en Kathmandu. Después de aquellas intensas vivencias cogimos otra vez la mochila al hombro y nos trasladamos al misterioso Reino de Bhutan a realizar un nuevo trekking.

No habréis oído hablar demasiado de este país. Enclavado al este de Nepal, entre China e India, y profundamente budista, ha mantenido sus fronteras impermeables a la influencia exterior y por supuesto, al turismo occidental. Su gobierno no concede permisos para ascender sus montañas (que considera sagradas y constituyen las últimas estribaciones del Himalaya) y resulta muy difícil conseguir un visado para poder realizar incluso un trekking. Al final, después de tramitar todos los permisos pudimos comenzar otra bonita aventura en un país totalmente desconocido. Y esta vez, además, mis compañeros de expedición eran mis propios padres; un factor que hacía la travesía todavía más diferente y  que, como suele ocurrir en esos casos, lo enriqueció mucho más…

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Todo el rato estuvimos acompañados de unos guías con los que recorríamos unas ocho horas diarias a través de valles de altura y atravesando pequeñas poblaciones. Era muy usual también cruzarnos con pastores nómadas con sus yaks. Como es habitual en estos parajes tan apartados de cualquier atisbo de civilización occidental, nuestra sola presencia levantaba una enorme expectación y, cómo no, eran sobre todo los niños los que aportaban el punto alegre y emotivo; me acuerdo de aquella escuela, aislada en mitad del valle y donde los niños tardaban una hora en llegar desde sus hogares, o de aquella otra imagen de la mujer amamantando a su bebe de seis meses a 5000 m. de altura.

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Además de conocer la naturaleza prácticamente virgen de Bhutan, también tuvimos la oportunidad de comprobar la profunda religiosidad y espiritualidad de sus gentes, tanto en la relación con ellos como en la profusión de monumentos y monasterios budistas que jalonan toda la geografía del país. Entre estos últimos destaca sobre todo el Monasterio de Takshang (“Nido del Tigre”), colgado en un acantilado a más de 3000 m. de altura. Un espectáculo sobrecogedor  que a la vez emociona y te hace preguntar la cantidad de vidas que se debieron sacrificar hace siglos para poder realizarlo.

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En resumen, una experiencia inolvidable en el que probablemente sea uno de los últimos paraísos vírgenes que nos quedan en el planeta. Que sepamos preservarlo para las generaciones venideras…